Por José Calderón
Periodista e investigador del café
Hay una paradoja en el café peruano que después de tantos años ya debería comenzar a incomodarnos. En las montañas más altas, remotas y difíciles del país, pequeños productores, muchas veces con escasos recursos, trabajan parcelas diminutas y consiguen granos extraordinarios. Algunos producen cantidades que apenas alcanzarían para abastecer unas cuantas cafeterías, pero logran perfiles de taza capaces de llamar la atención de catadores internacionales y alcanzar precios que multiplican varias veces el valor del café convencional. Han aparecido variedades y perfiles sorprendentes, como los geishas de Incahuasi, y se ha desarrollado una verdadera búsqueda por encontrar aquello que diferencie al café peruano en el mundo.
Es una historia fascinante. Pero también tiene una contradicción que cada año se vuelve más evidente: el Perú está aprendiendo a producir cafés extraordinarios, pero todavía no ha aprendido a venderlos masivamente a los propios peruanos.
Y ahí aparece la FICAFE, la Feria Internacional de Cafés Especiales, convertida durante los últimos años en uno de los grandes escaparates del café peruano. Este año la esta feria se dará en medio de una caída abrupta de la producción y sin los buenos precios de años anteriores. Incluso algunos traders enfrentan penalidades de contratos por no poder cumplir los volumenes ofrecidos.
FICAFE ha hecho cosas importantes. Ha permitido reunir productores, compradores, catadores, tostadores y especialistas; ha puesto frente a compradores internacionales cafés que probablemente jamás habrían llegado a sus manos; ha contribuido a crear una cultura de calidad y ha demostrado que un pequeño productor de una zona aislada puede competir, por la calidad de su taza, con productores de países que tienen industrias cafeteras mucho más desarrolladas.
Eso merece reconocimiento. Pero una feria no es un mercado o un negocio de stands, y allí empieza el problema.
Porque después de las ceremonias, los concursos, las degustaciones, las ruedas de negocios y las fotografías, el café tiene que regresar hacerse una realidad. Tiene que venderse. Tiene que entrar en una tienda. Tiene que aparecer en un supermercado. Tiene que llegar a una cafetería. Tiene que convertirse en una marca que el consumidor pueda reconocer y volver a comprar. Y eso todavía ocurre muy poco.
El contraste es brutal. En Lima es posible encontrar cafés especiales de distintas regiones en determinadas ferias ecológicas de distritos como Miraflores o San Miguel, donde existe un público interesado en productos naturales, saludables y diferenciados. Pero resulta mucho más difícil encontrar de manera permanente esas mismas marcas en los enormes circuitos comerciales de distritos como San Martín de Porres o San Juan de Lurigancho, donde viven cientos de miles de consumidores.
Y no estamos hablando de pequeños mercados. Estamos hablando de algunas de las mayores concentraciones de población del país.
El problema, entonces, no es que el peruano no pueda tomar buen café. El problema es que el café especial peruano todavía no parece diseñado para encontrar al consumidor que ya sabe de café y mientras tanto, millones de peruanos siguen tomando café soluble porque es barato, práctico y está en todas partes.
Ahí está la gran batalla que quizá todavía no hemos querido enfrentar.
Porque producir un Geisha extraordinario y venderlo a un comprador especializado en el extranjero es un éxito. Pero conseguir que una familia peruana pueda encontrar un buen café de Puno, Cusco, Ayacucho, Junín o Amazonas en la tienda de su barrio sería otro tipo de éxito: uno mucho más profundo.
Hay una diferencia importante con lo que ha ocurrido en otros productos agroexportables. En el arándano, por ejemplo, la aparición de nuevas variedades transformó rápidamente la industria. El sector está obligado a mirar permanentemente qué variedad produce más, cuál soporta mejor el transporte, cuál llega en mejores condiciones a China, Estados Unidos o Europa y cuál quiere el consumidor. Una nueva variedad puede significar millones de dólares más para un negocio.
En el café especial, muchas de las novedades permanecen dentro de un circuito relativamente reducido. Aparece un café extraordinario, gana un concurso, recibe atención de los especialistas, consigue un comprador internacional y después resulta difícil encontrarlo nuevamente en el mercado nacional.
Entonces surge una pregunta elemental: ¿qué pasó con el café ganador del año pasado?
¿Dónde se puede comprar? ¿En cuántas tiendas está? ¿En cuántos supermercados? ¿En cuántas cafeterías? ¿Cuántas familias lo consumen? ¿Cuántos productores están obteniendo ingresos adicionales y sostenibles gracias a él?
Esas preguntas importan mucho más que el número de personas que ingresaron a una feria.
Porque FICAFE puede conseguir que durante unos días una ciudad productora se convierta en la capital mundial del café especial. Pero el verdadero desafío comienza cuando termina la feria y todos regresan a sus casas.
El productor vuelve a su parcela. El comprador extranjero vuelve a su país. El funcionario vuelve a su oficina. Y el consumidor peruano vuelve a su café soluble.
Aquí es donde el gasto público merece una discusión seria. No necesariamente para eliminar FICAFE, sino para preguntarnos si tiene sentido continuar financiándola bajo la misma lógica.
Si hay recursos públicos, también deberían existir resultados públicos.
No basta saber cuántos visitantes tuvo la feria. Habría que saber cuánto aumentaron los ingresos de los productores, cuántos contratos comerciales se firmaron, cuántos compradores regresaron, cuánto café se vendió después de la feria, cuántas marcas regionales ingresaron a supermercados y cuánto creció realmente el consumo interno de café especial.
Porque si después de varias ediciones no podemos demostrar una transformación significativa de esos indicadores, entonces quizá el problema no sea el café, quizá sea la estrategia.
FICAFE no tendría por qué desaparecer. Podría convertirse precisamente en algo mucho más ambicioso: no solamente una feria internacional, sino el punto culminante de una política de comercialización.
Que el productor que gana no se lleve únicamente una medalla.
Que se lleve:
- compradores.
- Distribución.
- Marca.
- Acceso a supermercados.
- Acceso a restaurantes.
- Acceso al comercio electrónico.
- Y, sobre todo, consumidores.
- Porque una feria dura unos días.
- Un mercado dura todo el año.
El café peruano ya demostró que puede conquistar a los catadores más exigentes del mundo. Ha demostrado que en las montañas donde casi no existen caminos pueden producirse granos extraordinarios. Ha demostrado que un pequeño agricultor puede competir por calidad con grandes productores internacionales.
Ahora falta la prueba más difícil: conquistar al consumidor peruano.
Y quizá esa debería ser la próxima gran misión de FICAFE: no solo mostrar una vez al año el café peruano en nichos de conocedores internacionales sino comenzar a llevarlo a los millones de consumidores que viven aquí no más al otro lado de la montaña.
José Calderón
jospress@gmail.com





